El equipo de los Albañiles
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hay muchos ejemplos de equipos que permanezcan en la memoria colectiva sin haber dado un
vuelta olímpica. El peso de la estadística es tan decisivo que el valor o no de un
determinado plantel se esfuma o se inmortaliza al compás de la ubicación en los
campeonatos.
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Un partido contra River, en el Monumental, en 1966, fue el detonante que activó el hambre de buen juego de unos chicos atrevidos. Faltando diez minutos, los Millonarios anotaron un tanto con el que ganaron aquel match. Acto seguido, el director técnico de entonces decidió que de ahí en más los juveniles de la reserva iban a tener más espacio en la primera. Lo explica Martín Pando, un valuarte de esa plantilla: " Ese Lanús se hizo en la reserva, el lugar donde todos se desaniman. Éramos un desastre y nos goleaban seguido. Entonces nos miramos y dijimos, no ganamos ni para pagar el colectivo y, para |
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| colmo,
hacemos papelones. ¿Vamos a seguir así o empezamos a jugar al fútbol, para por lo menos
divertirnos un poco?". La segunda rueda del campeonato de 1966 sirvió de base para que el tan mentado grupo humano vaya tomando forma. El tren de la belleza con la pelota en los pies, la cabeza levantada y el ímpetu de jugar un fútbol vistoso, ya había partido. Y ese mix de diversos valores arrojó un resultado contundente. Dos fortísimas personalidades (Lorenzatto y Pando) centraron la promisoria capacidad de los juveniles Ostúa, Sabella, Colacciatti, Carnevale, Cabrera, Echenausi y Hugo Piazza. A ellos se les plegaron el experimentado Ávalos, la habilidad de De Mario, las corridas de Minitti y la frutilla del postre: las inolvidables paredes de Manolo Silva y Bernardo "Baby" Acosta. Todo coronado por la guía espiritual del "Nene" Guidi. La convicción futbolística era clara: "Tocar y picar, buen estado físico y permanente movilidad hacia los espacios vacíos". Una fantasía sin fin, pelota contra el piso, pase corto, triangulación, donde un puntapié sin destino era casi un pecado, imperdonable para los ideales de ese conjunto dirigido por Pedro Dellacha, al que alguien, desde el anonimato, bautizó " El templo del toque ". Y el paso del tiempo y el recuerdo intachable llevan a una conclusión: no estaba tan errado. Fuente: LANÚS el club, Atlántida, Bs. As. 2000 |
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