El granito de arena de la Biblia

Lanús es un pueblo que carece de inquilinos. Todos son propietarios. Cada vecino es dueño, en verdad, de sus cuatro paredes.
Con paciencia, a crédito, privándose de los más inocentes pecados que hacen bella la vida, muchos habitantes alzaron, a pulso, las vigas del hogar. ¡Qué digo del hogar! Todo lo han hecho así, pacientemente, con el trabajo propio.

-¿Se acuerda usted   - me dicen -  del primer tranvía de Lanús?
Ahora los hay eléctricos, que cruzan la población en varias direcciones. Pero, hasta hace quince o veinte años, existía una sola línea por la calle Paz. ¿Una sola línea? Un solo coche de tranvía, con una sola yunta de caballos, con un solo cochero que, además de ser el único dueño de la empresa, cobraba los boletos.

Una vez que el coche partía, el hombre - orquesta aflojaba las riendas, confiaba la conducción a la inteligencia de los dos caballitos y:
  
-Boletos, señores!

La palabra "boletos" era una redundancia. No había boletos. El pasajero pagaba diez centavos y, si no los tenia: -¡No importa! Otra vez ha de ser.
Los pasajeros celebraban tertulias en el coche. Hablaban de política, de enfermos, de la temperatura...

Lanús era una Arcadia. Los vecinos aportaban al conjunto, con desinterés, cual las abejas su cosecha de flor. Así levantaron los dos templos católicos -la iglesia de la parroquia y la capilla de Santa Teresa -  en edificios construídos mediante subscripción popular. Fué el prodigio del granito de arena...

En una de la las plazas de Lanús se exhibe un monumento que también fué costeado por el pueblo. Es un busto del general Belgrano, a cuyo alrededor las escuelas cantan el himno nacional. Para fundir en bronce la cabeza del héroe, cada vecino contriboyó con una dádiva, cada mujer entregó una moneda, cada niño dió su centavito.
¡Ah, si el general Belgrano pudiera verse consagrado en ese humilde monumento nacido de la ternura de las almas obreras! Más que un monumento, aquel Belgrano me parece un símbolo de este pueblo que nació del bronce de los brazos humildes...

Fuente: Juan José de Soiza Reilly, Revista Caras y Caretas Nº 1700, 2 de mayo de 1931

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   Revisado:25 de Junio de 2002.