El granito de arena de la Biblia
| Lanús es un
pueblo que carece de inquilinos. Todos son propietarios. Cada vecino es dueño, en verdad,
de sus cuatro paredes. Con paciencia, a crédito, privándose de los más inocentes pecados que hacen bella la vida, muchos habitantes alzaron, a pulso, las vigas del hogar. ¡Qué digo del hogar! Todo lo han hecho así, pacientemente, con el trabajo propio. -¿Se
acuerda usted - me dicen - del primer tranvía de Lanús? Una vez que el coche partía, el hombre - orquesta aflojaba las
riendas, confiaba la conducción a la inteligencia de los dos caballitos y: La palabra "boletos" era una redundancia. No había
boletos. El pasajero pagaba diez centavos y, si no los tenia: -¡No importa! Otra vez ha de ser. Lanús era una Arcadia. Los vecinos aportaban al conjunto, con desinterés, cual las abejas su cosecha de flor. Así levantaron los dos templos católicos -la iglesia de la parroquia y la capilla de Santa Teresa - en edificios construídos mediante subscripción popular. Fué el prodigio del granito de arena... En una de la las plazas de Lanús se exhibe un monumento que
también fué costeado por el pueblo. Es un busto del general Belgrano, a cuyo alrededor
las escuelas cantan el himno nacional. Para fundir en bronce la cabeza del héroe, cada
vecino contriboyó con una dádiva, cada mujer entregó una moneda, cada niño dió su
centavito. Fuente: Juan José de Soiza Reilly, Revista Caras y Caretas Nº 1700, 2 de mayo de 1931 |
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