Puente del paso de Burgos (Puente Alsina)
| Un tal Burgos
era botero en el cruce más frecuentado sobre el Riachuelo al promediar el siglo XIX, a la
altura de la actual avenida Sáenz. Por aquel entonces existía únicamente el puente Barracas, mientras que en el resto del curso se acudía al servicio de los trajinistas como el citado Burgos, o bien se vadeaba el río con las carretas, como ocurría en el mismo Paso de Burgos y también en el Paso Chico y en el Paso de la Noria, más hacia el poniente. La
alta frecuencia de los transportes de pasajeros y cargas en el Paso de Burgos hicieron que
en 1855 un español, dueño de un saladero sito en la orilla meridional del Riachuelo a la
altura de ese vado, de nombre Enrique Ochoa, ofreciera levantar un puente de mampostería
a su costa. Esta obra constituye un hito importante en la historia de los
puentes del riachuelo, por la técnica de avanzada que se recurrió para su erección. Sin embargo, como buen empresario que era, don Enrique Ochoa no se
dio por vencido con este contratiempo y encaró un segundo puente. Pero sería un error pensar que así terminó este triste episodio. Cada fracaso es una enseñanza, con tal que se lo recoja como tal. Y así los colapsos sufridos por los malogrados puentes de Ochoa seguramente debieron haber servido para que futuros constructores tuviesen debidamente en cuenta las fuerzas que las aguas del Riachuelo saben desarrollar después de una lluvia copiosa. Exagerando un tanto diríase que los puentes realizados con posterioridad sobre el Riachuelo no hubiesen tenido éxito de no existir los antecedentes tristes pero valiosos de los dos puentes de Ochoa. Tanto es así que el propio Ochoa encara la realización de otro
puente antecesor del actual puente Alsina. Habilitado en 1859, este puente particular pero librado al uso público mediante cobro de peaje, resistió durante años el paso de carros y jinetes, de tropas y hacienda en pie. En 1885 el gobierno federal lo expropió contra el pago de 28.170 pesos, pero el puente como tal continuó prestando servicios hasta 1910 cuando fue reemplazado por otro, de mampostería y madera, sustituido a su vez en 1938 por el actual, sobreelevado, bautizado José E. Uriburu. Enrique Ochoa, exponente característico de la era de los visionarios y los empresarios con iniciativa inquebrantable, había realizado su sueño. De su grandeza da cuenta otro hecho, marginal pero elocuente: durante el brindis de inauguración del tercer puente, el iniciador propuso que la obra llevara el nombre no de é, sino del Dr. Valentín Alsina. Este, que acababa de renunciar al cargo de gobernador de la provincia de Buenos Aires, le había brindado a Ochoa su valiosa ayuda para concretar el plan. Don Enrique Ochoa había financiado el proyecto de su peculio. Y no fue poco lo que gastó: el primer puente, derrumbado, demandó una erogación de 300.000 pesos; el segundo, que también claudicó antes de tiempo, 200.000, y el tercero y definitivo la suma de sus predecesores: 500.000. Total, un millón de pesos. Para la época y por tratarse de capital privado, fue un monto extraordinario, pero a la vez una inversión brillante vistos los beneficios a largo plazo. Todos los prósperos municipios al sur del puente Alsina le deben en buena medida su progreso y bienestar: Valentín Alsina, Gerli, Lanús y otros, aun más distantes. Injusta como frecuentemente es la historia, no ha sabido o querido mantener viva la memoria de Enrique Ochoa, quien falleció en 1867. Lo que en cambio sí perdura hasta nuestros días es el nombre del esforzado trajinista que precedió el puente: un barrio en el deslinde de las ciudades de Lanús y Avellaneda, rodeado por las villas Valentín Alsina, Spinola, Porvenir, Libertad y progreso, se llama oficialmente Villa Paso de Burgos. Fuente: Federico B. Kirbus, publicado en Todo es Historia Nº 225, enero de 1986 |
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