La casa de campo del virrey Vértiz fue
el
primer castillo que hubo en el pueblo
Las familias más antiguas de Lanús, y aún las que paulatinamente fueron habitando este pueblo, recuerdan con cariño, una especie de palacete que se alzaba en las cercanías de la quinta de Federico Martínez de Hoz y del cual se conservan en la actualidad algunos vestigios. Era una casona con olor a moho, con la pátina natural de las cosas viejas. Los pequeños pasaban con miedo por sus aledaños. Decían viejas consejas que moraban allí animas en pena. No faltó quien al pasar por sus cercanías, hizo temeroso la señal de la cruz... Sin embargo, nada de eso había en la vieja casa colonial. Perteneció al virrey Juan José de Vértiz, quién la hizo construir en el año 1775 para pasar las temporadas veraniegas. Edificada con adobes crudos, rodeada en gran parte con árboles de adorno y frutales, la casa del "virrey de las luminarias" era visitada en algunas ocasiones por los altos bonetes de la Colonia. En sus salones viéronse los pronunciados escotes de las damas y los finos calzones y los lujosos zapatos hebillados de plata, de los magnates de la corona. Música de violines y de arpas se escaparon por los amplios ventanales y en sus salones amueblados con el lujo colonial del 1700, se trataron más de una vez, problemas que atañan a la vida misma de la ciudad principal. Posteriormente la casona fue cambiando de dueño. Primero fue de don León Ortiz de Rozas, padre de Juan Manuel, quien la legó a sus hijas, las señoras de Balcarce y de Valdez. Era la época de la tiranía. Ya sus habitaciones no tenían el riente ambiente de la época colonial. Ahora en medio de la oscuridad, quizá se planearon allí jornadas luctuosas para la vida de Buenos Aires. Tal vez de sus tétricos salones, habrá salido la orden para Cuitiño, para Salomón o para Parra, o el pedido de clemencia para alguna familia patricia, que trocaba los colores rojos, por los del cielo azul que cubría la soledad de la casa. Los descendientes del señor Ortiz de Rozas, mantuvieron esta propiedad hasta fines del año 1851, poco antes de Caseros. Entonces el adquirente fue el señor José Lob, casado con Barbara Plaul, quienes fueron tronco de una de las familias más antiguas que llegaron a Lanús y cuyo recuerdo se perpetúa en numerosa descendencia. No se cambió el aspecto de la casona. Las troneras, refugio antaño de culebrinas y guardias, el mirador, donde el vigía avizoraba el posible malón, se conservaron con el correr de los años. Y algunas leguas del caserón, a fines de 1874, el combate de las tropas del comandante José I. Arias contra los insurgentes de Mitre, la Verde, no sólo sirvió de punto de referencia para los ejércitos, sino que salvó la vida de un teniente: Alberto Scott. Desterrado y disperso el ejército revolucionario, Scott fue herido y consiguió guarecerse en la finca de Lob. La patrulla de Arias le buscaron en vano. El teniente estaba escondido en un jagüel donde las frescas manos de Adelaida Lob, le dieron alimento y los remedios necesarios para su curación. Y nació el romance. El teniente Scott halló en el cariño de la bella Adelaida, el consuelo para su corazón y poco después el apuesto oficial de Mitre llevaba ante el altar a la hermosa rubia de ojos azules, formando una familia que iba a engrandecerse con el correr del tiempo y cuyo simpático recuerdo se conserva intacto a través de los años. Fuente: Héctor J. Bianchi, publicado en el diario Pregón del 07 y 08/03/1969 |
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